La velá de la virgen (por Alberto Granados)

Posted By on Jul 14, 2013 | 137 comments


Al anochecer, el jardinero municipal aún está regando para que el polvo se asiente. Algunos chiquillos, a las puertas de la iglesia, cantan burlones:

“La manga riega
y aquí no glu-glu-glu…”

El hombre hace amago de mojarlos y los críos corren divertidos entre las sillas, previsoramente dispuestas para la misa del alba. La explanada, aún casi desierta, está rodeada por una pequeña noria, unos puestos de turrón y churros, la tómbola parroquial y el templete de los músicos, donde el encargado está disponiendo los atriles y las carpetas con las partituras que la banda interpretará hoy: “El Danubio Azul”, “Las bodas de Luis Alonso”, “Agua, azucarillos y aguardiente” y otras piezas de zarzuela, así como valses y pasodobles. En el momento de la consagración sonará el himno nacional y la bandera se bajará casi hasta tocar el suelo, lo que provocará muchos nudos en la garganta, especialmente entre los emigrantes que vuelven por estos días a pedirle a la Virgen que su sacrificio merezca la pena y, aunque sea a la larga, aunque cueste mil fatigas, el desarraigo se vea compensado.

Poco a poco, la gente va llegando desde el pueblo. Muchos traen las tarteras con la cena fría y algún refresco. Algunos hombres llevan la bota de vino debajo de la chaqueta y echan un trago de cuando en cuando. Hay muchos saludos, ofrecimientos de tabaco para liar, preguntas sobre la familia y recuerdos para todos, un ritual que no cesará en toda la larga noche dedicada a velar a la Señora, como le dice el párroco, una velá que durará hasta la misa del alba, al aire libre, que la iglesia se queda pequeña para tanto fervor, según frase de la Presidenta de la cofradía.

Para la medianoche, la explanada es ya un hervidero de gente. En la tribuna, el Alcalde y Jefe Local del Movimiento con su camisa azul, la maestra, el médico y el cura, que controla a todo el mundo, especialmente a las parejas de novios, en las que clava toda la ferocidad de su mirada admonitoria. Las beatas entran a la iglesia y encienden velas ante la imagen de la Patrona, a la que rezan largos rosarios bisbiseados. El sacristán ensaya al armonio el “Ave María” de Schubert, que va a cantar la señorita Celia, una soltera virtuosa y de belleza añeja que quiso ser soprano.

Todo el mundo, especialmente las chicas, se ha endomingado y quienes tienen posibles estrenan un hato nuevo, comprado en la tienda de Rufino, que el dinero es para lucirlo y, si se puede, para provocar envidia, y esta fecha del quince de agosto es de las más propicias para eso.

Matías avanza por la alameda al lado de Ignacia, su novia formal, que él ha dado la cara como debe hacer un hombre de veintidós años y ha ido a pedir puerta a su padre antes de que éste muera del cáncer que lo está consumiendo. Son novios desde hace ya casi un año y tienen la suficiente confianza como para que él se sienta cada vez más exigente en sus demandas. Ya no se conforma con cuatro caricias furtivas, sino que quiere… A ella le da vergüenza y miedo, un verdadero pánico a un embarazo. O peor aún, a que él la abandone después de haberla conseguido. Todas las chicas que han pasado por eso se han quedado solteras, en casa de sus padres aguantando para siempre la enorme contradicción de oír a sus madres reprocharles no haber cedido en algo para retener al chico, como si poco antes no les hubieran exigido una absoluta decencia, para no andar en lenguas, por la honrilla de la familia y por otras mil consideraciones, tan abstractas como difíciles de observar a esas edades, cuando el cuerpo pide lo que pide.

Matías ve en la larga noche de velá una magnífica ocasión para conseguir que Ignacia se le entregue. Lo llevan hablando desde tiempo atrás y ella siempre se pone seria y le dice que se siente agobiada, a lo que él le responde que si no lo hace es porque no lo quiere lo suficiente. La chica termina siempre llorando. El muchacho va a pedirle que lo acompañe a la huerta de su familia, muy cerca de la ermita. Se trata de una exigua parcela de tierra donde su padre y él cultivan hortalizas y frutales, con una caseta donde están el pozo, los aperos de labranza, los cacharros de la matanza y aun sobra un breve espacio para una chimenea de leña, un par de catres y una mesa. Él lleva la llave en el bolsillo, por si hay suerte y la Ignacia accede a ser suya.

Hace un calor pegajoso y las escasas ráfagas de aire que se levantan parecen traer mil presagios del infierno, pues es un aire denso, enervante y sofocador. Matías lo siente en la cara y se electriza. La Ignacia está guapísima con el vestido blanco y los tacones. Él adivina sus pechos, la tersura de sus pezones, el sabor de su lengua, la humedad de su sexo. La mirada que descubre en su novio hace avergonzarse a la muchacha, cuya sonrisa se apaga en una súplica:

-No, Matías. No quiero. No me lo pidas más, que no me siento preparada. Espera el momento, por favor…

Una nueva mirada, esta vez de reproche, la deja callada. La chica nota como se le saltan las lágrimas y, tras un titubeo, ofrece, tímida:

-Bueno, si es tan importante para ti… Pero no me rompas. Lo que quieras, pero no me desflores…

Matías cree que el corazón se le sale por la boca y disimuladamente empiezan a alejarse de la explanada. Se detienen junto a uno de los estanques porque se les acerca otra pareja. Disimulan y entablan una conversación absurda, que a Ignacia le sabe a tabla de salvación, mientras que a Matías lo vuelve huraño y parco en palabras. Al fin, los otros dos se van, él la coge del brazo y tira de ella hacia la vereda festoneada de abedules que conduce a su huerta. Ahí acaba el territorio civilizado del pueblo. Ahí empieza una negra oscuridad sólo disimulada por miles de estrellas. Avanzan veloces por el camino y en un par de minutos ha dejado de oírse el bullicio de la velá. Entonces él se detiene y besa apasionadamente a su novia. Es un beso lleno de urgente violencia, pero Ignacia lo encuentra delicioso y lo devuelve, empezando a encenderse. Nota cómo él le acaricia los pechos y cómo reaccionan sus pezones. Ahora ella está tan deseosa como él, pero se da cuenta y lo frena en seco:

-Recuérdalo, Matías: todo lo que quieras, menos desflorarme. Me lo has prometido.

Y reinician el camino, acompañados por una sinfonía de ladridos de los perros de todas las huertas vecinas, de grillos, lechuzas y cigarras. Con torpe mano llena de temblores consigue abrir el candado y acaricia a la perrilla que ha acudido al olerlo y que le lame las manos. Vuelve a cerrar la puerta y se encaminan a la caseta del pozo. Allí, Matías desnuda con vehemencia a Ignacia, que se deja hacer dócilmente. Es la primera vez que la ve desnuda. El muchacho tiembla deslumbrado. Parece que el cuerpo de Ignacia reluce en esa noche llena de estrellas. Observa su cintura, sus pechos, ahora libres, sus nalgas, su mágico pubis… Matías siente un estertor y una oleada de placer le recorre la espalda. Ella se tumba junto a él en uno de los catres, lo acaricia y se deja acariciar. Lenguas, manos, dedos, labios… aprenden rápidamente y ahora es ella quien siente, por primera vez en sus diecinueve años, la fuerza torrencial del placer. Recuperada en parte la serenidad, se prometen amarse siempre, se dicen las viejas palabras de amor que el tiempo nunca conseguirá desgastar y los deleites amatorios comienzan otra vez. Ahora es ella la que le pide, dándole mordiscos en el lóbulo, que termine lo que han empezado y es él el que le recuerda que ella se negaba a llegar hasta el final. La chica sonríe y dice:

-Ya lo sé, pero como no soy río, pues me vuelvo atrás. Házmelo, por favor, y no me abandones nunca.

Y Matías despliega una extraña sabiduría y hace lo que su novia le pide, agradecido por la entrega, conmovido por su belleza, emocionado por tanta ternura, extasiado por tanto placer. Y ambos aprenden que la vida y el deseo son como son, al margen de las convenciones sociales y los preceptos de la moral. Y que el placer es dulce como no podían imaginar.

Cuando la claridad del alba empieza a notarse, él saca un cubo de agua del pozo y se quitan, uno al otro, el sudor que recubre sus cuerpos. Se visten y vuelven de la mano hacia la velá. Ella le pregunta:

-¿Y ahora? ¿Me seguirás queriendo o piensas que soy una cualquiera? Quiero que sepas que si lo he hecho es porque te quiero y…

Él no la deja terminar, pues tapa su boca con otro largo beso y le promete quererla siempre.

Empiezan los cohetes, lo que significa que la breve procesión está a punto de comenzar. Al final de la vereda se oye a la gente que canta:

Salve, Regina,
Mater misericordiae…

Unos metros más y la pareja sale con aire distraído a la explanada. Ella saca del bolso su vela, la enciende y se pone en la fila de la procesión, coreada de miles de vivas a la Patrona. La imagen llega inmediatamente al altar mayor y empieza la misa. Ignacia se sienta en el lado izquierdo con el resto de mujeres, mientras que Matías se mantiene de pie en el pasillo del lado derecho, que corresponde a los hombres. La chica mira hacia el altar mayor y sigue la ceremonia, cuyas respuestas pronuncia en un latín extraño y lleno de inexactitudes. No se atreve a mirar al novio, así que finge un recogimiento que no siente, pues no puede olvidar todo lo sucedido. Hay un momento en que se da cuenta de que está oyendo misa y soltando latinajos sin sentido mientras está de nuevo excitadísima. La situación le produce una hilaridad que ella disimula.

La homilía trata de la virginidad. Ella se estremece, con la mirada baja, sabiéndose observada por Matías. Por fin llega el “Ite, missa est” y la multitud se dispersa, fundamentalmente hacia el tenderete de los churros. Con los primeros fulgores del alba, la pareja inicia, uno al lado de la otra con la mayor formalidad, el camino de regreso al pueblo.

Al llegar a las primeras casas se vuelven y ven la nube de polvo que rodea el cerro de la ermita. Matías dice, lleno de malicia:

-¡Cuánto polvo! –a lo que Ignacia responde con cierto pudor, con una tímida sonrisa, pues sabe que ante los hombres hay que guardar un decoro o pueden tomar a las mujeres por lo que no son.

Llegan a la casa de la chica y entran al patio, lleno de flores y cubierto por una parra. La madre de Ignacia ya está levantada y ha atendido a las gallinas y los conejos, mientras que el padre se consume hirviendo de fiebre. La madre besa a su hija y ofrece un café al chico.

-¿Cómo ha estado este año la velá, niña? –pregunta la madre.

-Muy bien, madre. Mejor que nunca –al decirlo, sofoca la carcajada que quiere salírsele de la garganta y le saca a Matías la lengua en un gesto lleno de picardía y complicidad.

(Alberto Granados, “Cabos sueltos”)